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Bipedestación

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Antes de Lucy y Ardi, nunca un mamífero había desarrollado una anatomía que le permitiera andar erguido de forma habitual. Hasta 1992, Lucy, el célebre Australopithecus afarensis de hace 3,2 millones de años, había sido considerado el homínido más primitivo. Pero tras el descubrimiento de un antropoide que camina sobre dos piernas hace 4,4 millones de años, Lucy quedó desplazado y Ardi se constituye como el homínido más primitivo que se conoce hasta nuestros días.

Ardi (catalogado como ARA-VP-6/500) es el sobrenombre otorgado al esqueleto de un hominido de la especie de Ardipithecus ramidus, que fue encontrado el 17 de diciembre de 1992 en el valle del río Awash, en el desierto de Afar, Etiopía, a unos 72 km del lugar donde había sido hallada Lucy. Vivió durante el Plioceno. Sus restos conservados como manos, pies, piernas, tobillos, pelvis y la mayor parte del cráneo pertenecen a una hembra de 50 kg de peso y 120 cm de altura. Dotada de un cráneo minúsculo, Ardi estaba parcialmente especializada en la postura erguida, pues presentaba, por un lado, una cintura pélvica un tanto «acuencada» apta para soportar los intestinos en una postura vertical y unos huesos del pie ligeramente rígidos para facilitar el desplazamiento bípedo y, por otro lado, tenía brazos largo y dedos curvados para agarrarse a las ramas de los árboles, y el dedo gordo del pie divergente de los otros dedos, como en los grandes simios, lo que le permitía agarrarse a los árboles también con los pies. Esta anatomía sugiere que Ardi era bípeda al caminar por el suelo y cuadrúpeda al desplazarse por los árboles.

Este descubrimiento supuso toda una revolución, debido a las notables implicaciones de la bipedestación: el caminar erguido no solo afecta al desplazamiento, sino también a la propia evolución del ser humano. En primer lugar, el tipo de visión cambia por completo, al facilitar una forma de contemplar la naturaleza distinta, desplazarse por las llanuras oteando por encima del horizonte para advertir la presencia de depredadores, o para termorregular el cuerpo, ya que una mayor parte del cuerpo recibe la luz solar. En segundo lugar, los brazos quedan liberados de la labor de desplazarse y pueden emplearse para otros menesteres, afectando así al principio de evolución cambiando así los hábitos alimentarios y biológicos: posibilita la recolección de alimento de los árboles, transportar a las crias, la necesidad de crear y usar utencilios poco o nada trabajadas en rocas y piedras, para propiciar el desarrollo de la caza.

Lo anterior hará variar la dieta, que pasa de la casi exclusiva recolección herbívora a la caza carnívora. A su vez, el nuevo alimento, no tan duro de masticar, hará que las quijadas se suavicen, y que la laringe descienda hasta colocarse en lugar más semejante al de los humanos que al de los simios actuales, mejor posicionada para la pronunciación y finalmente para el habla. Este cambio de posición afecta a la propia evolución del homínido hacia el género homo que se verá más adelante.

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